Perdí la virginidad con un viejo y me gusto

Una tarde no fui al instituto porque me encontraba mal. Subí a casa de Ana para que me dijera los deberes. Estábamos solas cuando llego su tío diciéndole a Ana que su madre, que tenía una tienda cerca de casa, le había pedido que le llevase algo. Como estábamos con la tarea extendida, Ana me dijo que yo me quedase allí y así lo hice. El tío se metió en su cuarto y yo seguí estudiando.
Tenía sed por la fiebre y entonces salí a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando estaba abriendo el armario alto para coger el vaso, sentí que entraba el tío y no le di importancia. Se me colocó detrás y sin darme tiempo a reaccionar me abrazó por la cintura muy fuerte y empezó a besarme en la nuca. “¿qué hace?” “¿qué quieres que haga?, vais todas iguales, buscando que os hagan esto…” traté de soltarme pero no pude, las manos de aquel hombre podían más que yo y empezaron a recorrerme entera por encima de mi ropa. “¡Suélteme! va a venir Ana!” al hombre parecía no importarle demasiado e insistió metiéndome la mano por debajo de la camiseta.
Me tocaba las tetas con una mano mientras con la otra trataba de hacerse con el control de mi braga. Me resistía pero al final lo logró. Por aquel entonces nunca me había masturbado y aunque lo que me hacía aquel hombre no era precisamente nada delicado, cuando alcanzó mi clítoris hizo que dejara de resistirme. Los dedos bastos de aquel labrador me estaban haciendo dar cuenta por primera vez de lo que mi clítoris podía dar de sí. Estaba mareada me solté de él y en el pasillo tuve un desvanecimiento. Cuando desperté Ana y su tío estaban conmigo y yo tumbada en el sofá. “Vaya susto ¡menos mal que estaba aquí Mariano!” me dijo Ana. Mientras, Mariano, me miraba con ojos libidinosos tocándose disimuladamente.
En los días siguientes evité subir a casa de Ana y cualquier movimiento que me hiciera volver a ver a Mariano. Me moría de vergüenza solo de pensarlo. Pero viviendo en la misma casa, era algo difícil de evitar. Una mañana, salía algo tarde para ir a clase, Ana ya se había ido. Al llegar al patio, estaba él. Me quedé inmóvil y para no salir a la calle fingí haber olvidado algo en casa. Fue peor, Mariano se metió en el ascensor detrás de mí y tocó el botón de su planta. No sé qué fue lo que me impidió evitarlo, pero subimos a su piso. Una vez dentro Mariano se abalanzó sobre mí y esta vez al ver que no oponía resistencia se lo tomó con más calma “enséñame todo lo que te tocaba el otro día llevo muchos días pensando como serán esas tetas…”
Entramos a la habitación de Ana, la cama todavía estaba revuelta. Él se sentó en el borde y yo me quedé delante de él, como sin voluntad, haciendo lo que él me pedía. Me quité la camiseta, no llevaba sujetador, me acerqué a él y de un zarpazo me bajó la braga, subió mi falda y al ver mi coño le lanzó una de sus brutales caricias. “Una chica tan fina se ha comido alguna vez algo como esto” me dijo sacándose la polla, grande, dura y roja como su nariz. Sin mover la mano de mi coño me hizo arrodillar y empujándome la cabeza hizo que me muriera de asco al meterme aquello en la boca. El abuelo jadeaba.
Me hizo incorporar, me puso la polla en el pecho y empezó a destrozarme las tetas en torno a ella. Yo notaba que me humedecía cada vez más, cuando se cansó de masajearse con mis tetas, me tumbó en la cama de Ana y se echó sobre mí, moviéndose como un reptil. Apreté las piernas y le pedí que no me la metiera, yo todavía era virgen “pues así no me puedo quedar, putica de capital, así que…” Me puso a cuatro patas, se chupó los dedos, me mojó el culo y sin ninguna consideración me clavó la verga por detrás, el dolor era insoportable, yo lloraba despacio al tiempo que aquel animal me embestía cada vez más deprisa. Sus manos palmeaban mi culo al tiempo que llegaban hasta mis pezones y bajaban rápido hasta mi coño. Me masturbaba con tanto afán que en uno de sus embates, igual que había hecho su polla en mi culo, hicieron dos dedos enormes en mi vagina. Otro dolor más.
Mariano se dio cuenta al ver un hilillo de sangre en sus dedos: “Pues ahora sí que no tiene remedio” me dio la vuelta me cogió a horcajadas y me penetró por delante. Aquel hombre para su edad tenía una fuerza descomunal, me manejaba como a una muñeca y a base de embestir mí recién estrenado coño, consiguió que me corriera. Aquello no volvió a ocurrir. La madre de Ana había encontrado un piso para Mariano en un barrio cercano. Fue entonces cuando vino del pueblo su mujer.
Una tarde, estando en casa de mi amiga, se presentaron los dos. Mariano se sorprendió de verme y yo al verle, empecé a recordar y haciéndolo, el morbo se apoderó de mí. Con disimulo, me tocaba el pecho sin dejar de mirarle, me senté en el sofá delante de él y con toda discreción entreabría las piernas. El hombre se estaba poniendo enfermo. Era mi pequeña venganza. En un momento que nos quedamos solos, me dijo dónde vivía, que su mujer se iba al pueblo los miércoles y jueves y que esperaba que fuera a verlo. Aquellos miércoles duraron una buena temporada.